Siempre me llamó la atención que las miradas de las Personas en el ícono de la Trinidad nunca se encuentran, ni cierran un circuito de miradas… es como que su recorrido queda abierto: el Hijo mira al Padre; el Padre mira al Espíritu Santo; y el Espíritu mira hacia abajo… hay algo que no cierra...
Pero hace un tiempo descubrí la santa genialidad del autor, San Andrés Rublev: él nos invita a que seamos nosotros quienes cerremos el circuito de las miradas, haciendo lo que nos recomienda la Palabra de Dios: “Fijos los ojos en Jesús” (Hb 12,2).
Si nosotros hacemos eso, la circulación de las miradas, se transforma en una comunión dinámica, en una contemplación divino-humana…
Pues la mirada del Espíritu, al dirigirse hacia abajo, se dirige a nosotros: el rectángulo que está en el frente de la mesa representa el mundo (que tiene cuatro estaciones, cuatro puntos cardinales, cuatro elementos). Y, en realidad, toda la Persona del Espíritu está orientada hacia abajo: sus manos, su bastón; especialmente, la túnica azul que sobresale junto a sus pies y que se derrama hacia la tierra (con 12 pliegues, que pueden representar los 12 frutos del Espíritu Santo) simbolizan la santificación del mundo, la divinización del hombre...
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