En su libro “Eucharistie:
Le repas et la parole” (es decir: “Eucaristía: la comida y la palabra”), el
monje benedictino Ghislain Lafont propone tres aperturas desde
experiencias humanas, para vislumbrar aspectos del misterio de la
transustanciación.[1]
«Raymond Oursel
trató de ver en la transustanciación el concepto clave, no de la escolástica,
sino de la espiritualidad y el misticismo que se manifiestan en el arte del
periodo románico: un sentido muy vivo del “admirable intercambio” entre Dios y
el hombre, que se extiende a todas las cosas, que derrama sobre todas las cosas
una luz de transfiguración y del cual el paso del pan del hombre al Cuerpo de
Cristo, y de su vino a la Sangre de Cristo, constituye el símbolo, la plenitud
y la clave de bóveda. Lejos de ser un término árido y estrecho, la
«transustanciación» expresaría el sentido último de la dinámica del mundo…»
«Gilbert Durand nos
recuerda las raíces humanas de esta percepción emocional de la
transustanciación: “Toda alimentación —escribe— es transustanciación”, a eso es
a lo que apunta. Con ello se quiere decir que el modo de imaginar la
alimentación tiende siempre a superar el aspecto de destrucción de los
alimentos, a negar ese lado negativo —que se desea que permanezca en la superficie—,
con el fin de poner en valor el paso de sustancia a sustancia. La sustancia se
concibe aquí como el corazón del alimento, aquello por lo cual este otorga vida
y se transmuta, en cierto modo, en el corazón de aquel a quien nutre. De ahí se
pasa fácilmente a la imaginación del alimento primordial —bebida sagrada o
fruto del Paraíso, elemento “supersustancial” que conferiría la vida inmortal—;
una sustancia imperecedera que no solo —o quizás, principalmente— se
convertiría en quien la consume, sino que, inversamente, transformaría en sí
misma al consumidor, arrancándolo finalmente de la mortalidad.»
«Pero tal vez sea en unas pocas páginas, al
final de “Totalidad e Infinito” de Emmanuel Levinas, donde mejor se puede
captar este arraigo humano de la transustanciación. Levinas habla de ello
cuando, “más allá del rostro”, evoca —con pudor y fuerza— el encuentro sexual.
El rostro es lugar de significación, don y búsqueda de sentido; se manifiesta o
es buscado en la luz; a su manera, es palabra clara.
Pero más allá del rostro están los cuerpos
en su desnudez erótica. El amor incluye e intercambia regiones oscuras e
indispensables del ser; su gesto ya no es la mirada, sino la caricia; su deseo
no apunta solo al reconocimiento por parte del otro, sino a una suerte de
identificación que implica un sentir y una voluptuosidad que van más allá —o,
lo que viene a ser lo mismo, permanecen más acá— de toda significación e
inteligencia. Nos encontramos, en cierto modo, más allá de las personas en
tanto que tales; aquí, se tocan en lo implícito del reconocimiento, se
encuentran en el claroscuro de una intimidad, de una soledad a dos que no se
abre públicamente a ninguna sociedad. ¿Podría decirse que se alcanzan como “de
sustancia a sustancia”? En este punto, sin embargo, su intimidad se trasciende
a sí misma: la identificación amorosa produce un “otro”, que es el hijo. Pues
bien, es precisamente a propósito de la fecundidad que Levinas emplea, en tres
ocasiones, el término “transustanciación”. Sin duda, el término resulta
apropiado en este contexto. Designa, a la vez, esa salida más allá de la propia
sustancia —para identificarse, incluso en el sentimiento y la voluptuosidad,
con la sustancia del otro amado— y esa superación de todo proyecto deliberado y
de todo poder de dominio que constituye la generación del hijo: el paso de la
propia sustancia a la sustancia de otro que ha surgido de uno mismo. El amor,
en su realidad y su fecundidad, trasciende el ámbito de la inteligencia, del
sentido y de la libertad lúcida y dueña de sí misma. Trasciende también el
ámbito del cuerpo, en la medida en que este no fuera más que materia y
necesidad.
Pero, aunque los
trasciende, los engloba a ambos en un proceso que es, a la vez, consentido y
ciego: el amante solo se encuentra a sí mismo al transustanciarse, en cierto
modo, en la persona amada y en el fruto. Se trata de un gesto dinámico que
nunca concluye, sino que siempre se abre hacia un futuro; cabría decir, casi,
que en el plano del amor el ser solo es
sustancia en la medida en que se transustancia incesantemente.» [2]
[1] Publicado en París en 2001. Traduzco
párrafos de sus pp. 137 a 140.
[2] Raymond
Oursel, nacido en Dijon el 26 de julio de 1921 y fallecido en Mâcon el 30 de
septiembre de 2008, fue un archivista e historiador del arte francés, que se
dedicó especialmente al arte del período románico.
Gilbert
Durand (Chambéry, 1 de mayo de 1921 - 7 de diciembre de 2012) fue un
antropólogo, mitólogo, iconólogo y crítico de arte francés, creador de la
mitocrítica o mitodología.
Emmanuel Levinas (Kaunas, 12 de enero de
1906 - París, 25 de diciembre de 1995) fue un filósofo y escritor lituano de
origen judío. Consagró su vida y su obra a la reconstrucción del pensamiento
ético después de la Segunda Guerra Mundial, que pasó confinado en un campo de
concentración alemán y casi toda su familia fue asesinada. Es conocido por sus
trabajos relacionados con la fenomenología, el existencialismo, la ética, la ontología
y la filosofía judía. Sus clases y lecciones permitieron la difusión de la
fenomenología alemana en Francia.
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