A lo dicho en la entrada del día 12/10, se podría agregar algunas
cosas más. La primera es la siguiente: la mayoría de nosotros (creo) que
estaría de acuerdo en afirmar que entre lo religioso y lo político no debería
haber una fusión (o confusión) pero que tampoco deberían estar en total
oposición o en mutua indiferencia con total desvinculación (dado que el hombre
es a la vez un ser político y un ser religioso como muestra la historia).
Pero esta
percepción habría que fundamentarla, pues en el mundo vemos desde regímenes
teocráticos hasta laicismos recalcitrantes, que también reivindican tener su
lógica.
Para el
pensamiento cristiano la fundamentación está dada en el mismo ser de Jesús, que
es verdadero Dios y verdadero hombre, “sin confusión y sin división”, pues en
Cristo
“la naturaleza
humana fue asumida, no absorbida… El Hijo de Dios con su encarnación se ha
unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre…
se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros,
excepto en el pecado” (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22,2).
Este ser de Jesús,
inspira el principio de autonomía
relativa de las realidades temporales, que sostiene que las realidades
creadas tienen su propia consistencia, pero no están absolutamente
desvinculadas del Creador:
“Muchos de nuestros
contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación
entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre,
de la
sociedad o de la ciencia.
“Si por autonomía
de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan
de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar
poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo
que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además
responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la
creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad
propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el
reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello,
la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de
una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será
en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe
tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad
se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin
saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a
todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que,
por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se
han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de
agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la
ciencia y la fe.
“Pero si autonomía
de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de
Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente
alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura
sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere
su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el
lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura
queda oscurecida (Concilio Vaticano II, Gaudium
et Spes 36).
Este principio,
aplicado a la relación específica entre lo religioso y lo político, sostiene la
diferencia de ambos planos, con la adecuada autonomía de lo político. Y, al
mismo tiempo sostiene que conviene que ambos ámbitos colaboren en vistas al
bien integral de cada hombre y de todos los hombres.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario