Si uno lee el breve documento oficial sobre “la conversación en el Espíritu”, y conoce un poco sobre distintas corrientes de espiritualidad cristianas, puede que detecte un cierto aroma de espiritualidad ignaciana.
Pero sería errado entender el método como
una propuesta marcada por una escuela de espiritualidad particular. Esto se
evidencia cuando se encuentran indicaciones parecidas en otras corrientes de
espiritualidad.
Por ejemplo: San Benito, en el capítulo
tercero de su Regla monástica dispone lo siguiente:
“Siempre que en el monasterio haya que tratar asuntos de importancia, convoque el abad a toda la comunidad, y exponga él mismo de qué se ha de tratar. Oiga el consejo de los hermanos, reflexione consigo mismo, y haga lo que juzgue más útil. Hemos dicho que todos sean llamados a consejo porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor. Los hermanos den su consejo con toda sumisión y humildad, y no se atrevan a defender con insolencia su opinión. La decisión dependa del parecer del abad, y todos obedecerán lo que él juzgue ser más oportuno. Pero así como conviene que los discípulos obedezcan al maestro, así corresponde que éste disponga todo con probidad y justicia”.[1]
Aquí vemos que:
1. Se practica un discernimiento
comunitario, en el cual –no sólo participan todos– sino que Benito, desde su
experiencia, ha verificado el aporte sustancial que a veces hacen los más
pequeños: “muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor”.
2. Esta última frase muestra la dimensión
carismática de todo el asunto: el Señor revela; por tanto hay que ponerse a la
escucha…
3. Hay un comunión organizada: el abad escucha el consejo de los hermanos y toma la decisión teniendo en cuenta lo escuchado, de un modo servicial: “con probidad y justicia”.
Una actualización al siglo XXI de este
espíritu se puede encontrar en una Carta del Abad General de los trapenses,
Bernardo Olivera, escrita a todas las comunidades del mundo en 2004: “Vida
común en comunidad de amor”.[2]
Toda la Carta muestra qué es vivir de modo sinodal, por eso pongo un enlace
para quienes quieran leerla completa.[3]
Aquí recojo unos consejos que el Abad Bernardo propone cuando pasa a las
aspectos prácticos:
“Aterrizamos ahora en la práctica. Observando
la vida concreta de nuestras comunidades he llegado a esta simple conclusión:
la calidad de la comunidad depende de la calidad de su comunicación. Y
cuando digo comunicación me estoy refiriendo a un doble binomio: escucha-silencio
y palabra-respeto…
Urge, en consecuencia, una disciplina de la
palabra discreta, la cual implica una respetuosa escucha. La palabra discreta presupone respuestas
adecuadas a preguntas como estas: ¿he escuchado antes de hablar?, ¿sé lo que
quiero decir?, ¿es con él/ella con quien tengo que hablar?, ¿es el momento y el
lugar conveniente?, ¿me comunico, informo, me lamento o murmuro..?...[4]
El diálogo comunitario es un tipo muy
específico de comunicación, es un tipo de comunicación grupal calificada, algo
así como lo que intenta San Benito cuando escribe el capítulo tercero de su Regla:
cómo se han de convocar los hermanos a consejo…
¿Qué quiero decir cuando hablo de
diálogo? Dialogar es intercomunicarse
amigablemente e interactuarse cooperativamente en vistas a un fin común. O, con palabras más cenobitas: dialogar es
ser verdadero, decir la verdad y hacer la verdad en el amor. Esto implica, ante todo, tres actitudes
fundamentales: mirar con simpatía a los otros, donarse a sí mismo con
generosidad y acoger al prójimo con solicitud y cuidado…
Las siete reglas de oro del buen
hablar pueden plasmarse así, se trata de hablar:
-Claramente: con verdad.
-Humildemente: sin absolutizar.
-Prudentemente: con oportunidad
-Amablemente: sin interrumpir ni
monopolizar.
-Comprometidamente: sin
teorizar.
-Confiadamente: sin
temor.
-Esencialmente: con precisión”.[5]
[1] Nótese que la ubicación del capítulo también
recalca su importancia: en el capítulo primero Benito expuso cuáles son las
cuatro clases de monjes y optó por la vida cenobítica; en el segundo habla de
cómo debe ser el abad; y enseguida acompaña la figura del abad con el consejo
que constituye la comunidad. Recuérdese, además, que las comunidades monásticas
–que parecen ser cristianos bastante comprometidos– eligen a su abad (e incluso
determinan la duración de su cargo) lo cual hace del servicio abacial algo muy
sinodal ya desde la misma designación: el monje que hoy ha sido elegido abad
por sus hermanos, dentro de seis años puede volver a ser un hermano más, ante
la elección de un nuevo abad. Y dado que los monjes que viven según la Regla de
San Benito hacen un voto de estabilidad, viven en la misma comunidad todas sus
vidas (no cambian de comunidad como otros religiosos).
[2] Es tradicional en la Orden trapense que el
Abad General escriba una carta anual a las comunidades; algo así como una
encíclica a tiempos regulares (en-cíclica,
es lo que hoy llamamos una carta circular).
[4] “Murmurar” en el ámbito monástico
significa algo así como “criticar por la espalda, por lo bajo”; todo lo
contrario de lo que Jesús enseña en Mt 18,15ss.
[5] En
la Carta citada, en las páginas 8 y
9, hacia el final de la Carta.
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