viernes, 2 de enero de 2026

El método de “la conversación en el Espíritu”: contextos

     Si uno lee el breve documento oficial sobre “la conversación en el Espíritu”, y conoce un poco sobre distintas corrientes de espiritualidad cristianas, puede que detecte un cierto aroma de espiritualidad ignaciana.

   Pero sería errado entender el método como una propuesta marcada por una escuela de espiritualidad particular. Esto se evidencia cuando se encuentran indicaciones parecidas en otras corrientes de espiritualidad. Veamos algunos casos…

 1. Por ejemplo: San Benito, en el capítulo tercero de su Regla monástica dispone lo siguiente:

   “Siempre que en el monasterio haya que tratar asuntos de importancia, convoque el abad a toda la comunidad, y exponga él mismo de qué se ha de tratar. Oiga el consejo de los hermanos, reflexione consigo mismo, y haga lo que juzgue más útil. Hemos dicho que todos sean llamados a consejo porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor. Los hermanos den su consejo con toda sumisión y humildad, y no se atrevan a defender con insolencia su opinión. La decisión dependa del parecer del abad, y todos obedecerán lo que él juzgue ser más oportuno. Pero así como conviene que los discípulos obedezcan al maestro, así corresponde que éste disponga todo con probidad y justicia”.[1]

   Aquí vemos que:

   a. Se practica un discernimiento comunitario, en el cual –no sólo participan todos– sino que Benito, desde su experiencia, ha verificado el aporte sustancial que a veces hacen los más pequeños: “muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor”.[2]

   b. Esta última frase muestra la dimensión carismática de todo el asunto: el Señor revela; por tanto hay que ponerse a la escucha…

   c. Hay un comunión organizada: el abad escucha el consejo de los hermanos y toma la decisión teniendo en cuenta lo escuchado, de un modo servicial: “con probidad y justicia”.

 

2. Es interesante que esa experiencia que tuvo Benito, que veía que “muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor” la capitaliza Santa Teresa de Jesús, valorando la voz de “la más chiquita” del convento carmelita:. Al principio de “Camino de Perfección”, insistiendo en la práctica de la pobreza –que aparece como central en su reforma del Carmelo– y diciendo a sus hermanas que deben despreocuparse de lo material Teresa escribe:

   “En ninguna manera se ocupe en es to el pensamiento. Esto os pido yo, por amor de Dios… y la más chiquita, cuando esto entendiese alguna vez en esta casa, clame a Su Majestad y acuérdelo a la mayor; con humildad le diga que va errada; y va lo tanto, que poco a poco se irá perdiendo la verdadera pobreza”.[3]

   Y, más allá de este caso particular, hay que tener en cuenta que la reforma misma del Carnelo –iniciada por Teresa y algunas de sus hermanas; a las que se unen Juan de la Cruz y otros frailes– implicó: escucha de la voluntad de Dios; docilidad al Espíritu; discernimiento comunitario; decisiones “corresponsables y diferenciadas”…[4]  Y esto que se puede decir de la reforma del Carmelo, se puede extender al nacimiento de cada instituto religioso –y a cada reforma– basado en un carisma otorgado por el Espíritu.[5]

 

3. Volviendo a la tradición benedictina, en la Orden cisterciense (hoy conocidos como trapenses) vemos una actualización al siglo XXI del espíritu que nos mostraba San Benito. En una Carta del Abad General, Bernardo Olivera, escrita a todas las comunidades del mundo en 2004: “Vida común en comunidad de amor” se propone un diálogo comunitario semejante a la “conversación en el Espíritu”.[6]

   Dado que toda la Carta muestra qué es vivir de modo sinodal (e incluso remite a varias cartas del Abad General anterior) pongo un enlace para quienes quieran leerla completa.[7] Aquí recojo unos consejos que el Abad Bernardo propone cuando pasa exponer los aspectos prácticos:

    “Aterrizamos ahora en la práctica. Observando la vida concreta de nuestras comunidades he llegado a esta simple conclusión: la calidad de la comunidad depende de la calidad de su comunicación.  Y cuando digo comunicación me estoy refiriendo a un doble binomio: escucha-silencio y palabra-respeto

   Urge, en consecuencia, una disciplina de la palabra discreta, la cual implica una respetuosa escucha.  La palabra discreta presupone respuestas adecuadas a preguntas como estas: ¿he escuchado antes de hablar?, ¿sé lo que quiero decir?, ¿es con él/ella con quien tengo que hablar?, ¿es el momento y el lugar conveniente?, ¿me comunico, informo, me lamento o murmuro..?...[8]

    El diálogo comunitario es un tipo muy específico de comunicación, es un tipo de comunicación grupal calificada, algo así como lo que intenta San Benito cuando escribe el capítulo tercero de su Regla: cómo se han de convocar los hermanos a consejo

   ¿Qué quiero decir cuando hablo de diálogo?  Dialogar es intercomunicarse amigablemente e interactuarse cooperativamente en vistas a un fin común.  O, con palabras más cenobitas: dialogar es ser verdadero, decir la verdad y hacer la verdad en el amor.  Esto implica, ante todo, tres actitudes fundamentales: mirar con simpatía a los otros, donarse a sí mismo con generosidad y acoger al prójimo con solicitud y cuidado…

Las siete reglas de oro del buen hablar pueden plasmarse así, se trata de hablar:

-Claramente: con verdad.

-Humildemente: sin absolutizar.

-Prudentemente: con oportunidad

-Amablemente: sin interrumpir ni monopolizar.

-Comprometidamente: sin teorizar.

-Confiadamente: sin temor.      

-Esencialmente: con precisión”.[9]

   Con esto vemos que en la espiritualidad de la Regla de San Benito –antigua y reciente, benedictina y trapense– y en la espiritualidad carmelitana aparece la práctica de la conversación en el Espíritu.



[1] Nótese que la ubicación del capítulo también recalca su importancia: en el capítulo primero Benito expuso cuáles son las cuatro clases de monjes y optó por la vida cenobítica; en el segundo habla de cómo debe ser el abad; y enseguida acompaña la figura del abad con el consejo que constituye la comunidad. Recuérdese, además, que las comunidades monásticas –que parecen ser cristianos bastante comprometidos– eligen a su abad (e incluso determinan la duración de su cargo) lo cual hace del servicio abacial algo muy sinodal ya desde la misma designación: el monje que hoy ha sido elegido abad por sus hermanos, dentro de seis años puede volver a ser un hermano más, ante la elección de un nuevo abad. Y dado que los monjes que viven según la Regla de San Benito hacen un voto de estabilidad, viven en la misma comunidad todas sus vidas (no cambian de comunidad como otros religiosos).

[2] En el Documento Final del Sínodo (DF) se pueden leer textos análogos: “La Iglesia está llamada a ser pobre con los pobres, que a menudo son la mayoría de los fieles, y a escucharlos y considerarlos sujetos de evangelización, aprendiendo juntos a reconocer los carismas que reciben del Espíritu” (DF 19). La disponibilidad de escuchar a todos, especialmente a los pobres, contrasta con un mundo en el que la concentración de poder deja fuera a los pobres, a los marginados, a las minorías y a la tierra, nuestra casa común” (DF 48). Asimismo, toda la teología del “sensus fidei” fundamenta  y explica el valor de la voz de cada uno: Cf DF 22-23.

[3] Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 2,4.

[4] La expresión “corresponsabilidad diferenciada” aparece 6 veces en el DF: 26, 28, 36, 77, 89 y 147; mientras que “corresponsabilidad” aparece otras 7 veces, además de las indicadas.

[5] Agradezco a las Hermanas Carmelitas del Convento de Guillón la lúcida observación que aprovecho aquí; como así también la rápida precisión sobre el lugar del texto de Santa Teresa de la nota anterior.

[6] Es tradicional en la Orden trapense que el Abad General escriba una carta anual a las comunidades; algo así como una encíclica a tiempos regulares (en-cíclica, es lo que hoy llamamos una carta circular).

[8] “Murmurar” en el ámbito monástico significa algo así como “criticar por la espalda, por lo bajo”; todo lo contrario de lo que Jesús enseña en Mt 18,15ss.

[9] En la Carta citada, en las páginas 8 y 9, hacia el final de la Carta.