sábado, 4 de junio de 2016

El ícono de Rublev (2ª Parte)


   9. Al mismo tiempo, contemplamos la comunión de las Personas, en el siguiente elemento: si quitamos los espacios que las separan, veremos que los perfiles de las Tres Personas quedan fusionados.

  10. Por otra parte, el rostro del Espíritu Santo se dirige –con mirada atenta– al rectángulo que está en el frente de la mesa: el rectángulo representa al mundo (que tiene cuatro puntos cardinales, cuatro estaciones y –según el pensamiento antiguo– cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire: el cuatro es el símbolo del mundo, como el tres es el símbolo de Dios).
   Esto significa que el Paráclito es quien nos cuida y nos conduce en la peregrinación de la fe: el Dios Amigo que nos acompaña en el camino, nos recuerda lo que Jesús enseñó y nos ayuda a vivirlo en cada situación concreta-.

    11. Las Personas muestran figuras esbeltas: el cuerpo es catorce veces el tamaño de la cabeza, en lugar de siete veces (que es la dimensión normal).

   12. Hay un movimiento que parte del pie derecho de la Persona de la derecha, continúa en la inclinación de su cabeza, pasa a la Persona central, arrastra irresistiblemente el cosmos: la roca, el árbol, y se resuelve en la posición vertical de la Persona de la izquierda, donde entra en reposo, como en un receptáculo... un hogar.

    13. Y vemos que, si bien el mundo está más acá de Dios, como un ser de naturaleza diferente, al mismo tiempo está incluido en el círculo sagrado de la comunión de la Trinidad; como en la visión que tuvo San Benito al final de su vida, cuando “vio todo el universo en Dios”, o como nos enseña San Pablo, cuando dice que “en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28).

14. El cuadro se puede dividir en dos zonas, una rectangular superior, donde se ven una casa, un árbol y una montaña.
   Por una parte, nos sitúan en el ambiente del relato de Génesis 18 que inspiró a Rublev: la casa de Abraham, la encina de Mamré y una montaña que evoca la zona montañosa de Hebrón.
   Pero estos elementos se transforman en símbolos de de las grandes realidades religiosas del Antiguo y del Nuevo Testamento.
   La casa es el lugar de la presencia de Dios: teniendo dos pisos puede representar a la Iglesia en la tierra y la Casa del Padre en el Cielo. Y el techo exterior puede significar el lugar que ocupan aquellas personas de buena voluntad que –sin pertenecer visiblemente a la Iglesia– también tienen la protección y la gracia de Dios (cf. LG 16). 
   El árbol es el lugar de la prueba (la prueba que vence al hombre en el árbol del bien y del mal del que come Adán y aquella en la que el hombre sale vencedor en el árbol de la cruz). Surgiendo como desde la espalda del Hijo, esta planta también puede ser la Iglesia, pues Jesús es la verdadera Vid, y nosotros somos sus sarmientos (cf. Jn 15).


   La montaña es el lugar de la ley (la que dio Moisés en el Sinaí y la nueva ley de Jesús en el sermón del monte); y también donde Elías percibió al Señor como “una voz de fino silencio” (1 Re 19, 12), ámbito de misterio: la elevación, el éxtasis, el aliento de los espacios y de las cumbres proféticas. Entonces, por una parte, el fondo del cuadro es una representación simbólica que, de algún modo, intenta abarcar toda la historia de la salvación.  
   Pero, por otra parte, estos tres elementos simbolizan toda la creación: la roca representa los elementos materiales de la creación; el árbol representa los seres vivos; y la casa, representa la actividad humana en el mundo, la cultura que implica “la tierra y el trabajo del hombre”.
   Entre los tres elementos se produce un dinamismo: la cumbre de la montaña se inclina hacia la planta, y la planta hacia la casa; pero la casa sube hacia arriba, sacándonos del ícono y enviándonos a un “más allá” que no puede ser pintado. Asi se muestra que el Antiguo Testamento tiende al Nuevo; y el Nuevo tiende a la escatología, donde todo se consuma.
   En definitiva, entonces, los tres elementos que están en segundo plano representan toda la creación y toda la historia de la salvación. Pero, en primer plano, están las Personas divinas, que son quienes crean y salvan.
 
  15. Pasando a la organización de las Tres Personas que están en primer plano observamos que están estructurados en forma circular. Un círculo exterior los enmarca y un círculo interior, señalado por el borde de la manga de la Persona central, reitera y profundiza el movimiento circular de la imagen. 
   Esta organización circular hace que el cuadro tenga un movimiento propio, la mirada del observador es conducida de una Persona a otra, en un camino infinito. Es la vida del Dios trino que se pone ante nuestros ojos.
   Dios no es un puro permanecer en sí mismo, un absoluto quieto y muerto, sino que el ser de Dios es un permanente salir de sí una dinámica eterna de donación y comunión en la que nos va introduciendo la circularidad del cuadro.
   Todo esto da a la imagen, un “movimiento inmóvil” que evoca la Vida y Perfección infinitas de la Trinidad.

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