viernes, 15 de mayo de 2020

Una bella meditación sobre la muerte como pascua...


   En “Cuentos del amanecer” el P. Mamerto Menapace propone este relato. Siempre hay alguien que nos recibe del otro lado con los brazos abiertos y una sonrisa en los labios.

   Cuando el pequeño se está gestando en el seno de su madre, no es consciente de todo lo que vive. Pero vive. Y quizá en su futura vida recordará mucho más de lo que nos imaginamos.
Son nueve meses en los que hora a hora y día a día siente cómo adquiere una plenitud. Sus órganos se diferencian, su sensibilidad se afirma, los grandes sistemas de su organismo comienzan a cumplir sus propias funciones. Aunque no lo sepa y no se lo pueda expresar a sí mismo, y menos aún a los demás, sin embargo se da cuenta de que algo se acerca. La plenitud siempre estalla en una nueva manera de existir. No hay plenitud que cristalice permaneciendo estática. Eso nunca sucede con la vida. Y todo ser vivo guarda en su memoria ancestral la experiencia de los pasos a esas nuevas etapas, mucho más plenas.

   Pero el dolor y la angustia también están presentes. Allí donde la vida comienza un nuevo ciclo se hace necesario que el anterior muera, termine, se rompa para dar salida a lo que ahora comienza. Y esto no se hace de una manera tranquila y lúcida. Se abandona lo conocido se entra en lo misterioso. Se abandona la experiencia y se arriesga la esperanza.

   Terminados sus nueve meses de gestación, la criatura presiente que algo va a suceder. Las contracciones se lo anuncian. Todo entra en la extraña situación de ruptura y paso. Finalmente sobreviene el parto para la madre que da a luz. Pero, para el hijito, la experiencia es muy diferente. Siente que se le expulsa, obligándolo a abandonar lo familiar, lo conocido, lo seguro. Del resto no sabe nada. Si pudiera expresarlo en palabras, quizá se diría angustiado a sí mismo:
-iEsto es el fin!
Sus padres, y todos aquellos que aguardan su venida, saben muy bien que esto no es el fin absoluto. Es simplemente la conclusión de una etapa y el comienzo de la verdadera vida. Es cierto que en el seno materno no se tenía frío, ni hambre, ni había clases sociales. Pero en este paso no se cae al vacío. Haya su llegada un par de brazos paternos y senos maternos que lo aguardan para recibirlo.

   Esta segunda etapa será inmensamente mejor. Ni el ojo vio ni el oído oyó en el seno materno lo que le estaba preparado para cuando sus padres pudieran expresarle plenamente su amor en un cara a cara. Allá fueron nueve meses. Ahora podrían ser noventa años. Antes fue solo el tiempo de crecer recibiendo. Comienza ahora el tiempo del compartir creciendo juntos al dar y al recibir. Etapa del ver, del sentir, del amar, del comunicarse y dar la vida para que otros vivan.

   A los que estamos en esta segunda parte, cada día la vida nos anuncia que avanzamos hacia la angustia de un nuevo paso. Para los que gemimos en el seno materno de esta tierra, nos resulta incomprensible e inimaginable lo que habrá más allá. Igual que nos sucedió cuando se acercaba nuestro propio alumbramiento. Cuando se acerque nuestra segunda ruptura, puede ser que revivamos la vieja experiencia que celebramos en cada cumpleaños, pero de la que recordamos solo la alegría de nuestros padres. Ellos fueron quienes nos enseñaron a festejarla. Pero nosotros, si fuéramos sinceros tendríamos que saber que aquello nos hizo exclamar, igual que lo hará ahora:
-iEsto es el fin!
Los que esperan nuestra llegada sonreirán sabiendo que solo se trata de un comienzo doloroso y festivo. Nos esperan dos brazos de padre para decirnos:
-iVengan, benditos, al Reino que os está preparado!
Desde ya, ellos nos enseñan a festejar el acontecimiento, cuando recordamos su propio paso desde este rancho de barro hacia la morada eterna en los cielos.
La vida no se nos quita, somos invitados a vivirla en una nueva etapa.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario