sábado, 19 de agosto de 2017

Celibato optativo en el contexto de una Iglesia Comunión

Voces de representantes del Magisterio
  
   En septiembre de 2013, el entonces recién elegido como Secretario de Estado del Vaticano Pietro Parolín, por el ya Papa Francisco, reflexiona sobre el celibato en un reportaje, diciendo: [1]

   -¿No existen dos tipos de dogmas? ¿No hay dogmas inamovibles instituidos por Jesús y los que vinieron después, a lo largo de la historia de la Iglesia, creados por los hombres y por tanto susceptibles de cambios?
-Ciertamente. Hay unos dogmas definidos e intocables.
-El celibato no es....
-No es un dogma de la Iglesia y se puede discutir porque es una tradición eclesiástica.
-Que se remonta ¿a qué época?
-A los primeros siglos. Después la implementación se aplicó durante todo el primero milenio, pero a partir del Concilio de Trento se insistió mucho en eso. Es una tradición y ese concepto pervive en la Iglesia porque a lo largo de todos estos años han ocurrido acontecimientos que han contribuido a desarrollar la revelación de Dios. Esta finalizó con la muerte del último apóstol (san Juan). Lo ocurrido luego ha sido un crecimiento en la comprensión y actuación de la revelación.
-A propósito del celibato...
-El esfuerzo que hizo la Iglesia para estatuir el celibato eclesiástico debe ser considerado. No se puede decir, sencillamente, que pertenece al pasado. Es un gran desafío para el Papa porque él posee el ministerio de la unidad y todas esas decisiones deben asumirse como una forma de unir a la Iglesia, no de dividirla. Entonces se puede hablar, reflexionar y profundizar sobre estos temas que no son de fe definida y pensar en algunas modificaciones, pero siempre al servicio de la unidad y todo según la voluntad de Dios. No es lo que me plazca sino de ser fieles a lo que Dios quiere para su Iglesia.
-¿Y qué es lo que quiere?
-Dios habla de muchas maneras. Debemos estar atentos a esta voz que nos orienta sobre las causas y las soluciones, por ejemplo, de la escasez del clero. Entonces hay que tomar en cuenta, a la hora de adoptar decisiones, estos criterios (la voluntad de Dios, historia de la Iglesia), así como la apertura a los signos de los tiempos.

   Esta semana, el arzobispo rector de la UCA, Víctor Fernández se expresó sobre el tema con más precisión aún:

   –¿Se puede cambiar la exigencia del celibato a los sacerdotes?
–El celibato no es una norma de fe, de manera que alguna vez se puede discutir si conviene o no conviene. La Iglesia cree que conviene pero no se cierra a que alguna vez eso pueda modificarse. No es que diga que el celibato no sirve para nada. Porque hay gente que vive muy feliz y todas las energías que podría usar en el matrimonio las usa para un servicio generoso. Hay científicos, médicos, monjes budistas que son célibes. Las energías que algunos dirían, las está reprimiendo, en realidad las canaliza de otra manera y de una forma hasta muy eficiente. Lo que se puede discutir alguna vez es si debe ser obligatorio, pero no el valor que tiene el celibato.[2] 


Algunas ideas para pensar un celibato optativo

   1. El celibato es un estado de vida valioso y apreciable: es un don del Espíritu que contribuye a que una persona concentre su corazón en Dios y en las cosas de Dios. El propio Jesús vivió en celibato, y San Pablo también.
   2. Jesús propone un estilo de vida célibe semejante al suyo, para quienes perciban que les ha 


sido dada esa gracia. Jesús dice que vivir célibe lo pueden hacer “aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19,11) usando una voz pasiva que en el uso bíblico se refiere a Dios. Y concluye recomendando que “quien pueda vivir esto, que lo viva” (Mt 19,12). Nuestras traducciones a veces dicen “el que pueda entender, que entienda”. Pero el verbo jorein (que aparece en el griego del Evangelio) no tiene nada que ver con lo intelectual, pues significa “hacer espacio”, “dar lugar a”: indica un discernimiento que descubre la posibilidad de vivir así porque hay una gracia de Dios para ello.[3]
   3. Jesús no vinculó el ministerio con el celibato.
   4. De hecho, si Jesús curó a la suegra de Pedro (Mc 1,29ss) queda claro que el primer Papa era casado… y si él lo era (y fue elegido personalmente por Jesús) ¿por qué no cualquier otro ministro? Por su parte, Pablo indica que su celibato es excepcional: “¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Pedro?” (1Co 9,5).[4]
   5. La libertad es siempre la mejor opción: “Para ser libres nos liberó Cristo” (Gál 5,1). La Palabra de Dios tiene que ser una semilla que crece, y no una jaula.[5]
   6. Para los cristianos, tanto la vida célibe como la vida matrimonial pasan por el misterio pascual de la muerte y la resurrección de Jesús.[6] Toda vocación cristiana es laboriosa e implica una fidelidad que puede llegar a niveles agónicos. Y nadie mejor que un hombre casado para aclarar que el matrimonio no es la gloria; los Apóstoles vieron claramente la exigencia cuando Jesús habló del matrimonio indisoluble: “Si así es la relación del hombre con su mujer, no conviene casarse” (Mt 19,10). Y aquí también cabe lo que dice Jesús en otro lado: “Para los hombres eso es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mt 19,24)
   7. En una Iglesia entendida como comunión (es decir, unidad en la diversidad), tiene que haber espacio para los distintos ministerios, carismas y vocaciones que el Espíritu suscite, sin que esto sea causa de división sino al contrario: riqueza de vida y de experiencias cristianas. Recordemos que el modelo supremo para los cristianos es la Trinidad; y Trinidad no es uniforme pues son Tres infinitamente distintos que son, al mismo tiempo, comunión infinita. [7]


Una profundización eclesiológica

   Quizás en este último elemento mencionado este la cuestión teológica más profunda: el modo en que comprendemos la Iglesia.
   El sabio teólogo y monje benedictino Ghislain Lafont publicó en el año 2000 un estimulante libro titulado “Imaginer l´Eglise catholique”.[8] Allí Lafont sostiene que el “modelo gregoriano” de la Iglesia se inspira en una “teología del Dios Uno”, que olvidó que el Dios cristiano es la Trinidad.[9] Ese desequilibrio en la consideración del misterio de Dios, produjo como consecuencia varios desequilibrios, que siguen esa misma lógica de “lo Uno”, entendido como monolítico y uniforme.
   En concreto, esa “imagen gregoriana” se articula sobre tres elementos: el primado de la verdad, el primado del Papa, y del sacerdote célibe y santo, celebrante de los sacramentos, ante todo de la santa misa. Y estos tres elementos dependen los unos de los otros y se realimentan, formando un sistema.
   En síntesis: Dios es Uno; y hay una única verdad que se expresa de una única manera correcta; hay un sólo protagonista de la vida de la Iglesia Universal: el Papa; y hay un sólo protagonista de la comunidad local: el sacerdote, cuya vida se parece a la de los ángeles.
   El Concilio Vaticano II quiere, entre otras cosas, equilibrar este desequilibrio, conduciéndonos “hacia una nueva figura eclesiológica”. Así, vemos que las cuatro grandes Constituciones del Concilio comienzan con una referencia a la Trinidad;[10] particularmente Lumen Gentium –después de cuya introducción (LG 1)– hay tres números, uno para cada Persona Divina (LG 2-4), cuya conclusión dice que: “Así se manifiesta toda la Iglesia como «una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»” (LG 4).
   Junto con esta recuperación del aspecto trinitario del misterio de Dios, se modifica la visión de la Iglesia: Dios es Comunión de Personas realmente distintas entre sí; y la Iglesia también es comunión de personas, con distintos dones. Y esa comunión rodea a la figura del sucesor de Pedro, con el episcopado, quienes son –en su conjunto– los sucesores de los Apóstoles (LG 18-29). También la figura del presbítero se enriquece con el triple ministerio: profeta, sacerdote y pastor (PO 4-6). Y no sólo esto: el presbítero ya no es el protagonista único de la comunidad, pues en torno de él hay multitud de vocaciones, ministerios y carismas donados por el Espíritu que enriquecen la vida de la comunidad: tanto los laicos, que tienen una vocación y misión propias (LG 30-38) como las múltiples formas de la vida consagrada (LG 43-47).
   Así la Iglesia aparece como una “comunión organizada” en la cual los pastores tienen el carisma del discernimiento y la misión de la “moderación” de los carismas que el Espíritu dona a la Iglesia.[11]

   Ante esta panorámica del asunto cabe preguntarse: el celibato obligatorio ¿no responde todavía a aquella lógica uniformizante de un Dios entendido como sólo Uno (y no como Uno y Trino) y de una Iglesia entendida como monolítica, y no como Comunión (unidad en la diversidad)?


Una profundización antropológica

   Por su parte, Gaudium et Spes nos muestra que la “vita angelica” y la “fuga mundi” no aparecen ya como el modelo ideal, pues la Encarnación del Hijo de Dios valoriza lo humano:
   “El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22, 2).
   En esta misma línea, en el Tomo II de Imaginer l´Eglise catholique” Lafont muestra un desplazamiento en la antropología, entre los varios desplazamientos que se operaron a lo largo del Siglo XX en la mentalidad cristiana, a impulsos del Espíritu, hasta manifestarse claramente en el Concilio Vaticano II. Se podría resumir así:
   Antes la cuestión era la salvación individual, y el hombre estaba más en peligro de condenación que en esperanza de salvación. De ahí, la tendencia a una vida austera y a una concepción en la cual los monjes, las religiosas o los misioneros estaban en un “camino de salvación” mucho más seguro que el de los laicos, que vivían en el mundo (sexualidad, trabajo, y diversiones/distracciones). Pero a lo largo del Siglo XX se fue desplegando una visión más positiva del hombre como ser consciente, libre, responsable, capaz de historia y de ciencia: un hombre adulto. La ética pasó de ser el cumplimiento de unas normas objetivas, a la calidad de las relaciones; y la gravedad del pecado se centra allí, como ofensa hecha a Dios, al hombre… y con esto también la reconciliación y el perdón adquieren un nuevo esplendor. Por su parte, la sexualidad, el trabajo y la política aparecen como el programa normal de una existencia humana. Y el amor de Dios aparece como más fuerte que el pecado o el Mal: ya no somos “massa damnata” y hay “esperanza para todos” (Von Balthasar) en el horizonte de la Jerusalén celestial.[12]
   Por eso, la vida consagrada tiene que ser recentrada, cosa que también estudia Lafont en otro capítulo del mismo libro: “La vida religiosa en un mundo reconocido como bueno”.[13]

   Y en este contexto, el celibato obligatorio ¿no aparece como un resabio de dualismo o, al menos, de un pesimismo antropológico que fue superado a lo largo del Siglo XX?


Algunas observaciones prácticas.

   1. Si no se desea una libertad total en este asunto (que es lo que muestra la Palabra de Dios) se puede empezar adoptando la disciplina oriental, que ya está probada y legislada, y que representa una libertad mayor que la actual.
   2. El argumento que sostiene que un ministro célibe está más disponible para el servicio de la comunidad es atendible. Pero no excluye la otra opción, sino que se enriquecen mutuamente: se podría poner como párrocos a los que libremente eligen el celibato, y como presbíteros asistentes a los que elijan el matrimonio (parecidamente a lo que pasa ya con algunos diáconos permanentes en algunas diócesis).
   3. Hay temas vinculados con el conjunto de lo expuesto, aunque no lo parezcan a primera vista. Por ejemplo, el sostenimiento económico de los ministros por parte de la comunidad cristiana, que ‒en el caso de nuestra Iglesia católica‒ está menos organizado y es menos responsable que en otras comunidades cristianas, cuyos miembros hacen aportes regulares y significativos para el sostenimiento de sus ministros.[14] O, también, la participación de los laicos que es un derecho y un deber. Recordemos que los laicos somos el 99,9 % de la Iglesia.[15]


Para concluir: una anécdota judía sobre el valor del celibato, y algo de “teología de la vocación”.

   Una hermosa anécdota judía nos ilustra un celibato abrazado desde el corazón, en un contexto en el cual el celibato era excepcional: cuando le preguntaron a Simeón Ben Azzai ‒uno de los sabios más eminentes de su generación‒ por qué no se casaba, respondió: “Mi alma está enamorada de la Toráh. Otros pueden sacar adelante el mundo”.[16]
   Según muestra este episodio, el celibato aparece como opción cuando el corazón queda prendado de tal modo del amor de Dios que, con naturalidad, no queda espacio afectivo para otros amores grandes.
   Es más, desde una teología de la vocación que tuviera la profundidad suficiente, se podría decir que el “don personal” de alguien ‒cuya esencia viene de Dios Creador‒ le ha sido otorgado desde antes de su nacimiento: la “vocación” primigenia es el “llamado” a la existencia concreta y personal que cada uno es, y con el cual llamado Dios nos saca de la nada  y nos hace ser quien somos (cf. Gál 1,15).
   Esto no significa que una persona que tenga la vocación al celibato transite alegremente la vida sin sentir nunca el acoso de los instintos. El propio Jesús sintió la rebelión del instinto de conservación en la oración en Getsemaní (“Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras”: Mt 26,39).[17] Pero serán luchas que se libraran para avanzar por un camino que es el propio de uno… como las luchas propias que tienen aquellos que son llamados al matrimonio cristiano.


[1] El reportaje es un género literario que también Francisco ha utilizado. En este caso la fuente es el diario venezolano El Universal (recordemos que Parolin era hasta el momento el Nuncio en Venezuela). Los párrafos en negrita son las preguntas y dichos del periodista, lo que sigue es la respuesta de Parolin. Véase en:
[2] Tomado de la Agencia Informativa Católica de Argentina (AICA):
http://www.aica.org/29790-el-arzobispo-victor-fernandez-explica-por-que-papa-no-viene.html
[3] Por eso, otros textos prefieren traducir: “El que pueda aceptar esto, que lo acepte” (LBLA. NBLH); “He that is able to receive it, let him receive it” (ASV); “Let the one who is able to receive this receive it” (ESV); “Let anyone accept this who can” (ISV).
[4] Entre varios especialistas, también la interpretación de J. Murphy-O'Connor OP, en el Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, indica que la “mujer cristiana” significa una esposa.
[5] Esta última frase es de Francisco, en el Angelus del domingo 16/07/2017.
[6] Véanse en este sentido las reflexiones de G. Lafont en Imaginer l´Eglise catholique, Paris, 2000; pp. 139ss: “Les charismes de la vie chrétienne. Spiritualités et états de vie”, en que expone con profundidad el tema de la sexualidad, tanto para la vocación matrimonial como para la celibataria.
[7] Con esto queda respondida la prevención de Parolin, que dice que Francisco debe cuidar la unidad de la Iglesia… que no debería entenderse como uniformidad.
[8] G. Lafont, Imaginer l´Eglise catholique, Paris, 2000.
[9] Lafont llama “modelo gregoriano” al modo de estructurarse de la Iglesia católica en, al menos, los últimos 500 años: cf. ibid., 49-84: “La figura gregoriana de la Iglesia”. En las comillas que siguen, cito frases de Lafont tomadas de estas páginas.
[10] Cf. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium1-4; Sacrosanctum Concilium, 5-6; Dei Verbum, 2-5.7; Gaudium et Spes, 1-3.
[11] Lafont, pp 136s. Para una continuación de la reflexión de Lafont entre el “modelo gregoriano” y el modelo de Iglesia comunión, se puede ver su artículo: “La transformation structurelle de l´Eglise. Un devoir et una chance” en su libro L´Eglise en travail de réforme. Imaginer l´Eglise catholique II, Paris, 2011; pp. 175-199.
[12] “La transformation structurelle de l´Eglise. Un devoir et una chance” en su libro L´Eglise en travail de réforme. Imaginer l´Eglise catholique II, Paris, 2011; pp. 175ss.
[13] Ibid, pp.119ss
[14] Alguna vez escribí una breve recomendación del “unezmo”, ya que no parecemos capaces del “diezmo”…
[15] Según las estadísticas más recientes somos 1.285 millones de bautizados, de los cuales corresponden al clero 466.215 (con 5.304 obispos, 415.656 sacerdotes y 45.255 diáconos permanentes) y a la vida consagrada 724.549 (54.229 religiosos y 670.320 religiosas). Lo cual suma 1.190.764: menos del uno por mil de la Iglesia. Para estos datos y más véase el Anuario Pontificio: https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2017/04/06/ter.html
[16] Talmud de Babilonia, Yebamot 63b. Ben Azzai es de principios del Siglo II DC.
[17] El verbo thelo  (querer) tiene un aspecto afectivo, que apunta a la tendencia instintiva (distinto de “voluntad” que es espiritual y libre).

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