sábado, 5 de agosto de 2017

En la Trinidad no hay jerarquía, sino orden y comunión: un “orden relacional”.

Nuestra fe nos enseña que en la comunión consustancial que es la Trinidad no hay diferencias de superioridad o de inferioridad entre las Personas Divinas, como proclamamos en el Credo:
   “Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.  
   Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre
   Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria…”

   También lo dice bella y profundamente la “Oración teológica” de San Gregorio de Nacianzo:
   Hay “una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje...Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero... Dios los Tres considerados en conjunto... No he comenzado a pensar en


 la Unidad cuando ya la Trinidad me rodea con su fulgor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la Unidad me arrebata de nuevo” (citado por el CCE 256).

   Santo Tomás de Aquino profundiza esto en la Suma Teológica cuando expone sobre “la igualdad y semejanza de las Personas entre sí” (I, 42), mostrando que “si hubiera desigualdad en las Personas divinas, entonces no tendrían una sola esencia… es pues forzoso admitir igualdad en las Personas divinas” (art. 1). Por eso, los Tres son “coeternos” (art. 2) e iguales en grandeza (art. 4) y en poder (art. 6).
   La diferencia que hay entre ellos están dadas por las “relaciones de origen” (CCE 254), que nos llevan a afirmar un “orden de origen, sin anterioridad… no por el que  uno es antes del otro, sino según el cual uno procede de otro” (art. 3).
   Se podría decir que este es un “orden relacional” que se establece a partir de la identidad distinta de cada Persona: uno es Padre, el otro es Hijo –relacionalmente ordenados entre sí por la paternidad y la filiación‒ y el otro es Espíritu Santo, ordenado relacionalmente a Quienes lo espiran.
   Tomás también nos expone que “el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre” (“y del mismo modo el Espíritu Santo”) “bajo el triple aspecto de la esencia, la relación y el origen” (art. 5);  afirmación que recogerá el Concilio de Florencia: “A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo”.

   La teología contemporánea ha profundizado en este último aspecto de la comunión divina en el amor. Y el Magisterio de la Iglesia ha recogido esto de un modo especial en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, que muestra a la Trinidad como la Comunión divina a cuya imagen ha sido creada la comunidad humana: “Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, realmente distintos y realmente uno, porque son comunión infinita de amor(Compendio n° 31; cf. también n° 30 al 37).

   De aquí podemos derivar la conclusión eclesiológica: si en la Trinidad no hay jerarquía sino orden y comunión, en la Iglesia ‒que es Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu‒ debemos admitir que hay un “orden y comunión”,  que no necesariamente deben ser interpretados desde la noción de jerarquía… palabra que no existe en el Nuevo Testamento y que, en cierto modo, contradice el espíritu de servicio y de “don de sí mismo” que tan insistentemente nos inculca Jesús.
   También en la Iglesia podemos hablar de un “orden relacional” que ‒de modo semejante a lo que sucede en la Trinidad‒ surge de la identidad misma de los fieles, que son distintos por los diversos dones que reciben del Espíritu:
   “Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actividades, pero un mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad” (1 Co 12, 4-11).
   Y enseguida, San Pablo nos aporta la imagen de la Iglesia como cuerpo de Cristo, cuyos miembros y órganos diversos cooperan al bien del cuerpo entero (1 Co 12, 12-30).
  Y todo esto desemboca en el famoso “Himno a la Caridad” (1 Co 13),  caridad que es el ligamento perfecto de la comunión (cf. Col 3,14).

En esta misma línea, véanse las reflexiones de G. Lafont en la nota anterior en este mismo blog.

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